Canción de la luna o Los aretes que le faltan al feeling

 

la canción de la luna es la que -no– se escribió para la noche, para ser borrada, para desaparecer durante –al otro-  el día, para quedarse en borrador, la que no se terminó…, tachada; aquella de la cual esta es un reflejo.

                                             

                                                Oprobios

colgantes

robó un fauno de posturas menudas

aretes hurón

Como todo uso, no hubo aviso

aretes ouija

Y si oyó!
: Ninguna violación fue descuido

aretes  gorrión
¡Nadie habló!

aretes  malditos

Ella colgó sabia al amante
bajo cobija en lecho yerto

luego lo envolvió en laurel
sobre un manzano de letra y huerto

siendo la jaula suficiente embeleso
el hechizo jamás fue rehecho!

¡Nadie calló!

: Apostó al silencio;
sudor y tranca,
azogue en vilo,
permuta de cuerpos

A cuerno melodioso
en soga púrpura
y peludo enjambre,
pronunció la risa;

acero pulido
para el amarre

Anuncios

aprieto

estrujo la piedra
entre dientes
ante la imposibilidad
de poder mancillar
mis ganas de aparecer-te
en sueños
para decir
te amo
te amo te amo

 

Mi nombre no es mi nombre
Mi amor no puede amarme despejadamente
Mi amor es un amor
Mi noche ya ha sido día
Mis días son una plaga
Mi sexo es de otro género
Mi memoria es una historia
El pez es macho  mi violencia es hembra
Mis poderes están de moda
Los subasté porque declararon el desarme
Mis sortijas son para otros dedos
Mis manos volvieron a nacer
Mis zapatos son dos números más grandes
Mis dos piernas son en verdad cuatro
Llevan por peso mi ínfimo universo
Mi razón es una  a  coja
El juego cura la herida
Mis creencias las soplé dentro de un globo cuando niña
Mis lunares no se borraron
Mis amigos ya se fueron
Mis lunares nunca estuvieron
Mis amigas se hicieron viejas
Mi furia no tiene pérdida
Mis promesas de no llanto son mentira
La muerte no acaba nada
Una vida nunca se acaba
La felicidad de mis gatos no acaba
Mi rabia no acaba
El alfabeto no acaba
Este poema  acaba otro día
Quién dijo que una vez
fue  poeta quién anduvo en él

MANCHA DE HOMBRES

 

Una mina nunca muere sola, muere
junto a las luces que una vez devoró,
con las ambiciones que iluminan y prenden
en los pechos de los hombres.

Cuatro meses y se iría de allí para siempre. Mil trescientos treinta y ocho días no significaron nada. Solo debía hacer como si la mitad fuera el comienzo. Comenzar por la mitad. Entonces olvidó el camino andado y los mil y tantos días, y se sintió más cerca del final. Para qué interesarse por la pérdida de sus compañeros, ni por las pérdidas de sus compañeros, ni por lo que dejó atrás, ni tampoco el futuro. Ni las muertes, ni las heridas, ni las peleas. Todo eso que fue, era a la vez su presente.
En medio de aquello, el conflicto fue consigo mismo, romperse la mente para que esta, solita, por sí, contase los días al revés, descontando, descontando hasta el día cero. Nada de sus frustraciones, del robo, de la burla o las mentiras de los dueños, de los insultos, de los complejos por no haber ido a la escuela. O porque hubiera tenido que entregarse a este destino. O por cómo llegar al final. A esas alturas ya no le importó cuánto más se iba a dejar explotar la mina. Cuánto de vida le quedaba a ella. Los días que necesitó soportar, eran los puestos en contrato, aquel rollo de papeles que firmó, fingiendo saber leer.
Llegó allí animado por unos compadres que, como él, estaban cansados de ser pobres. Aprendió la primera ley de oficio: quien pensaba en caer, caía. La única manera de seguir fue correr. Aquel que cayó, se llevó consigo unos cuantos, pero sobre eso tampoco había ningún sentimiento. Grupos de a cinco, de a quince. Un niño de 11 años, un adulto de 74. Avalanchas de hombre ladera abajo cada porción de minuto. Calor, ruido, lodo, sudor, la mina fue un inmenso tragadero de luz. Una mole de arcilla y de piedra y de valor para alcanzar la tumba o la gloria, según la suerte.
Hijos, mujeres, propiedades, zapatos, madre enferma, wiski caro… y trabajar nunca más. Pensárselo fue la sola cosa que durante ese tiempo lo hizo gente. Trabajar durante tres años sin caer, sin descansar, tres años sin pensar en la mancha de tipos que junto a él estaban por lo mismo. Solo eso debió hacer; un sacrificio mínimo a cambio de su propia imagen en medio de un campo de oro. La familia, un sacrificio.
En todo eso pensó los primeros meses, y tal vez lo pensaron los otros. Pero cuando se aprendía a no caer, lo único que quedaba para pensar, era el oro. Fue esa la imagen que él tocó, la que podía tirar; la que él abrazó y que lo abrasó a él, y sobre la cual orinó, escupió. La imagen del oro como alimento, con sonido propio, caliente, con olor a cuerpo propio y olor a cuerpos.
Como quiera, llegar al final de los días sería siempre una proeza; se llegara como se llegara, incluso no habiendo entregado a los dueños la cantidad de oro establecida. Aun así, se consideraban medio héroes o medio dioses, puesto que el Estado les resarcía con una pensión de por vida y algunas piezas de oro para empleo personal. Pero ese nunca fue su impulso, estaba seguro de que al llegar, llegaría como debía ser, vencedor. Con la entrega cumplida y con mucho más, con mucho más para sus caprichos.
Para vencer, decidió suprimir todavía más los roces cotidianos; así dejó de hablar y de dirigirse a los demás. Entre voces y gritos ajenos, el sonido de maquinarias y herramientas, siguió descontando días desde que tomó la resolución. Dejó de hablar, de mirar, de tocar al otro con intención. Tanto se apartó y se concentró en restar días, que el silencio de su voz se hizo definitivo y su posibilidad de escucha se apagó. Fue por eso que no oyó cuando, desde unos cincuenta metros sobre él, varias líneas de hombres le fueron cayendo encima durante las semanas siguientes, haciéndole resbalar hasta el fondo como si fuera una última prueba. Pero él continuó levantándose una y otra vez, sin detenerse a revisar siquiera su cuerpo. Sin dolerse.
Fue por eso que no pudo oír cuando gritaron su nombre en la lista de los que habían llegado a su fin y que se cerraba el contrato, teniendo que ser sacado de allí casi a la fuerza. Por lo mismo, no entendió cuando el médico dijo que había que amputarle los brazos, y las piernas hasta las rodillas, ni oyó el sonido de la carne y del hueso cercenados, ni logró escuchar hacia dónde se había largado la mujer, o de cuántos hijos le quedaban con vida después de la malaria y el hambre.

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Junto a sí, estaba el oro. Ahora que por fin era suyo, solo había que pensar en sobrevivirle; y para eso le hacían falta manos y pies. Por eso cuando vio al médico, decidió hablar. Necesitaba de esos cirujanos y médicos extranjeros que hacían maravillas y que podrían, quizá, armarle sus miembros con yeso y metal, y oro.

Humedad en conserva

 

Poema de jueves      traido a viernes.          Poema en proceso.

 

Hoy me ha valido posar de puerto.

Si amor va que viene:

fijo, en su naturaleza bahia

nos moja de una mar roja

como sonrisa

–que no abrojo–

que en mi cuenca avista

 

Amor va; consigo mi rosa y mi pus

hechos de arena lleva.

Porque regresa.

Viene amor, se estanca:

aroma todo este tiempo rancio

–hiede–

y más de este tiempo bueno que le aguardo.

Porque en él vengo

 

Amor,

–nos damos,

venimos, vamos–

¡salemos

naufraguemos en la espuma!

guardémonos de secar.

 

MAL DE NEURAS

 

(resultado de un ejercicio de un taller literario en la web, en el que la consigna era contar algo breve donde se mostrara más que lo dicho   -como a lo que aspiramos: mostrar más que decir-.    Lo logré, apenas!)

 

Irene mi amigo me explicó algo que él solía aplicar en sus realizaciones; algo que él llamó «el zénit» y que tomó de no sé cuál teórico del arte traído al audiovisual. El método, según Irene –quien lleva nombre de mujer, pero es hombre–, consiste en emplear la técnica tradicional de la estructura del documental para transmitir un concepto, una idea, como si se tratara de recrear hechos ciertos, pero introduciendo tomas, conflictos, personajes o tipos, de ficción.  Como la vida quizá, donde lo racional solo nos hace considerar lo tangible, pero de vez en cuando se nos cuelan raras secuencias que a veces no sabemos si se sucedieron o no. Por eso regresé aquella vez del gimnasio caminando hacia adelante (en el único sentido que según lo racional se camina), pero sintiendo como si lo hiciera al revés. Tal si en lugar de alejarme, me acercara. Como las neuras se andan en constante diálogo, no soy  muy consciente de lo que hago, y el temor al olvido hizo que me detuviera. Como si parar fuera una solución. Noches atrás, tumbada en mi cama, tuve la sensación de que segundos antes había pasado por mi garganta agua fresca, lo que suponía ir a la cocina; el caso es que debí haberlo hecho para tomarme las dos pastillas del mal de cabeza, pero no me acordaba, no podía recordar la acción de atravesar el pasillo, llegar al tope de la escalera, descenderla, girar a la derecha, y otra vez a la derecha; abrir la pila, tomar el vaso, llenarlo de agua, y llevármelo a la boca después de las píldoras. Suponía –digo, la sensación en mi boca me hacía suponer– que había bebido, pero la memoria no lo guardaba.

Hoy he despertado en casa, luego de haber disfrutado unos días de playa en familia, y he querido hablarles de esa estancia, rememorar juntos lo bien que la hemos pasado por estos días. Madre me ha dicho que al parecer he tenido profundos sueños, pues no hemos ido al mar desde el verano pasado.

¿Nos hemos vuelto más sensibles?

Lo que es ser feliz:

dos puntos, guion corto, paréntesis derecho

🙂

 

Van quedando pocos amigos

de los que tocan las puertas,

tal que toca bisbisear

en letra electrónica encartada,

sin pegajoso sello a salivas

 

ya nadie llama, nos llaman

y poco importa, vasta –basta? la red,

social apenas, de mucha monta

las cerraduras que abre

las salidas en que se torna, de sudorosos

dedos táctiles

 

a vaticinios destellantes, incorpóreos

de flashes, a público in-social,

sordo de hermandades.

Abanicantes amarillos de, no me ven?

Estoy triste, no me han visto?

Me siento positiva, no me sienten?

Hoy sabo a mercurio; me abrigan  tus  “me gusta”

 

(me das un toque y convulso, cuando me pierdes agito

y nadie suda, y me eliminas y nadie llora, prensados en ancha cuerda clarean recuerdos, y la tristeza carga al asombro)

 

Ahora me retrato a mi misma, les gusta?

…Me retrato y existo –existo?

incluido en AD NUTUM y Otros Poemas, poemario del que ya fue compartido el exergo, y que anuncié continuaría mascando por aquí…

 

Dolor de Viuda

Es un dolor de esos

De los que no sangran,

Por eso siempre se ve a la viuda en ella

Por eso a la imagen ondina se amarra,

Pues a quien la ve en masculino,

La palabra Viudo

Le parece una mala palabra.

 

Mis heridas tampoco fluyen,

Pero yo las machaco y remarco,

Y me doy el traspié,

Y me reviento sobre zancos

Mientras la luna me mira

Pero yo –indiferente–

Lavo estas, las horas perdidas,

Para sentirme tatagua y no harpía.

 

Viudas de ciudad me conminan

Porque las hay de mar y de encina

De despeñadero y peñasco

Y es ahí cuando me esfumo

Cuando solemne asisto a la cantina

Cuando en más de un puerto me alisto

Y levanto al frente el índice y el del medio

Para indicar la siguiente partida.

 

¿A quién engañas?

Dulce Viuda,

Eterna suerte,

Si has caído, opresora de ti misma,

De tus límites que son tu fuerte,

El cortejo de la agradecida,

La pasión de la servidumbre,

Tiranía de la cortesía.

 

*imagen: fragmento Sin título, Colectivo de autores, Cuba, 2011, mixta/tela

un año conlapiedraenlaboca

(Celebrando el nacimiento de conlapiedraenlaboca, comparto el siguiente texto escrito hace un año y unos días al calor del paso del ciclón Irma por el Caribe, compartido en aquel momento a través de la red social  facebook. Aunque ya desde antes mascaba la piedra sin tragar, justo el XX de septiembre del MMXVII esta pedrera se declaró confesa en wordpress… Gracias a esta plataforma. Gracias a quienes llegan a estos lares, sea por volunad o accidente…)

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 EL ABSURDO DE TENER UN BLOG, O DARLE UN NOMBRE A ESTO

 Voy viendo –pesada construcción gramatical– que me está haciendo falta un blog.  De pronto me doy cuenta que un sitio propio en la red de redes es una de las más fáciles maneras –que no quiere decir carente de complejidad en la Isla– que la modernidad nos va dejando (empujando?) como alternativa para canalizar inquietudes, cuando no angustias.

        Nombres de hombre / Nombres de mujer

Releo ambos sintagmas y se me antojan huecos –entre otras cosas. Sin embargo, “operadores oficiales de la lengua y de las comunicaciones” parecen hallar en tales modos de nombrar y de clasificar profundos significados.

¿Son peores los huracanes con nombres de mujer?, es el título de un escrito periodístico publicado en el periódico Granma a raíz del paso del huracán Irma por la cayería norte de Cuba. Como si no bastara que a los “operadores de la lengua”, que al final somos todas y todos, o lo que es lo mismo, el pueblo, la gente en la calle, nos llegue a cada minuto el martilleo constante y violento en contra de los géneros, de las identidades, de las familias, de las culturas, de las conductas, y hasta de los modos de pensar. Como si no bastara que ese golpe de martillo viaje sin coste –de pasaje o peaje al menos– en las canciones, en la publicidad, en la moda y en todo lo que se erige como material comercial, permeado de alusiones a lo que aseguran: “ser de hombre” y “ser de mujer”, “ser de pájaro” y “ser de invertida”, “ser de negro” y “de blanco”, “ser del primero, tercero o del quinto mundo” (ya van sumándose quienes diferencian entre ser humano, ser bestia o androide). Como si no bastara el hecho de ahorrarnos el tener que ir en busca de todo eso, porque tras la banalidad nadie va, sino que llega a nosotras y nosotros vía expedita, y llega de manera impuesta, hasta convertirse en una gratuidad más –por así decir– de los tiempos modernos; una gratuidad que está muy cerca ya de exigirnos el agradecimiento.

Bastando –en una suerte de simulacro– incluso todo lo anterior; preguntas: ¿qué aporte puede ofrecer un artículo que distingue entre la intensidad –cuanto no fiereza– de un huracán en función de un nombre u otro? ¿Qué de novedoso trae tal entrega? ¿Regresamos al tiempo en que las personas asignábamos rasgos humanos a los fenómenos de la naturaleza y a los dioses? ¿Acaso pretende alimentar la curiosidad; el conocimiento? ¿Acaso intensificar el mito?  En realidad, bulle de significados la insistencia en los medios de comunicación –y en los juegos para la infancia, y en los libros de textos, y en los programas educativos, y en las leyes– el determinar qué es lo que nos corresponde a unas y a otros en función de lo que palpemos entre piernas.

¿Agradecer? Agradecer hasta por presunción. O como dijera Martí: agradecer es un gusto. Y agradezco la zona dulce que guardo de la lectura del mentado trabajo periodístico: el recorrido histórico de los sistemas ciclónicos que han sido desde los tiempos de la colonia significativos para Cuba –período histórico en el que paradójicamente tales organismos recibían el nombre –según nuestro cronista–, de acuerdo a la denominación del santo que indicara el calendario, al lugar por el que pasaran, o a un acontecimiento notorio–. En el propio artículo, destaca la evolución en la asignación de nombres, en   especial la decisión a fines de la década del 70, impulsado –digo yo– por el tenaz movimiento feminista de la época, cuando se determinó que tales fenómenos adoptaran los nombres que tradicionalmente se emplean para el género masculino, luego de una veintena de años durante los que solo fueron identificados con nombres culturalmente considerados como de mujer. O cuando –vuelvo a agradecer– el periodista detalla el diseño del actual método para asignar nombres a los huracanes, lo que se realiza a partir de consensos internacionales en la región ¡Hasta ahí! ¡Agradezco! Al César lo que le corresponde.

Pero. No solo se resiente mi momentáneo agradecimiento con el trago amargo del título, sino que arde en cólera, cuando en la crónica leo –y cito: “Y aunque no pocas personas comparten el criterio de que al menos en Cuba los huracanes con nombre de mujer resultan más complicados de seguir, describen rutas imprevistas y suelen ser mucho más destructivos, la vida demuestra que de ambas denominaciones de género los ha habido bien dañinos, incluso quizá los masculinos hayan sido los peores…”  Lo que remata el escribidor aludiendo a que Irma –con su tradicional nombre de mujer– ha venido a poner el dedo en la llaga al ser el único huracán que ha logrado alcanzar categoría cinco en la región.

Y es en ese momento en que no me interesa terminar de leer el artículo. Y empiezo a arrepentirme de lo que había agradecido. Y pienso que después de todo no estamos tan mal. En definitivas, después de esto: ¿qué va a entender el penosamente popular regettonero que se hace llamar Chocolate cuando es enjuiciado el contenido de sus canciones? ¿o mi amiga de secundaria que me pone caras cuando la aliento para que le ponga la ropa rosa que le han obsequiado a su bebé? ¿o una muchacha trans cuando intento persuadirla de que no es necesario cambiar su nombre porque el nombre no tiene género? Qué movimiento de pensamiento queremos generar mientras nos machaquen con los mismos mensajes radiales, televisivos y de prensa escrita, por muy inocuos que puedan parecer.

Más, supongo que sería mucho pedir; sería mucho pedir a este periodista –que no lo hago personal, pudo ser cualquier otro, u otra– que junto a su mención de lo que él –y no solo él– llama nombres de mujer, agregue una referencia o nota al pie con el listado (¿numerus clausus acaso?) de todos esos nombres de mujer, y así mismo un listado de los nombres de hombre (¡A ver si lo logra!). Ya que estamos tan adaptados/as a nombrar, encasillar y a clasificar, para escindirlo todo y simular que lo entendemos todo; mejor completemos el trabajo y hagamos ese listado oficial y pidamos a la RAE que nos otorgue la licencia correspondiente. Sería esa –tal vez– una manera eficaz para los adaptados/as aventajados. Para ese entonces, me asaltarían –como suele sucederme– nuevos cuestionamientos, como por ejemplo pensar en Michelle (nombre que en el artículo periodístico se cita como masculino): uno de mis mejores amigos, o en Michelle, una de mis mejores alumnas cuando impartía clases en Quito;

O pensar en mi hermano Ariel, quien ¿gracias a Disney? porta nombre de sirena;

O cuestionar el género de los José María, de las Ana Frank, de la Ana Gabriel y de la Maga (María Gabriel) (Y creo que así, ya estoy perdiendo la cuenta de Listas que harían falta referenciar en nota al pie)

O hacerme de un blog, y seguir chapaleteando en medio de tanto

o el absurdo.