Mi nacimiento

MI NACIMIENTO

Confío en que no poca gente alguna vez en la vida haya intentado retrotraerse al instante de su nacimiento. Al justo momento en el que una mujer da a luz y manos ajenas te reciben. Manos completas; manos con dedos, con puños, con uñas, lunares; manos seguidas de brazos y antebrazos. Casuales, sin experiencia, o manos que ya te esperaban. Y manos que tal vez recibieron a otros como tú; que dieron vida o quitaron, dieron amor, vengaron, se autocomplacieron de placer, o alimentaron. No hallo hecho raro –el luchar por morder a la memoria en el intento de verse a sí… en esa primera hora.


Ya para quien lo intenta mucho puede volverse un suceso extraño. Tal vez por eso sucedió que una vez llegué a trasladarme a ese lugar y a ese momento definitivo; a mi primera incursión en esta carrera de espantar soledades a la que nombramos mundo. Fue una imagen clara y breve. Clara porque no tuve dudas de que se trataba de mi expulsión de ese cuerpo que luego aprendería a llamar madre. Breve en cuanto a espacio, ya que la imagen me apareció como ceñida, como ajustada a un marco; apenas eficaz para que yo pudiera comprender. En cuanto a tiempo la sentí lánguida, pausada. Pero algo en ella provocó una momentánea inseguridad en mí; y es que aunque veía con claridad el par de manos, estas no esperaban para recibirme, al menos no en el modo que yo imaginaba de las lecciones de las clases de Biología, ni de las impresiones dejadas en mí por los relatos de las mujeres después del alumbramiento. Estas manos esperaban para constituirme.


Una pareja de manos color piel, cálidas, hermosas podría decir; largas y delicadas a un tiempo, iban componiendo de a poco mi cuerpo. No eran manos arrugadas, ni gomosas, tampoco había en ellas trazas de quemaduras, de jirones ni de viruela. Mencioné antes que el lienzo era breve, así que el espacio correspondiente a las piernas de lo que debía ser mi madre no alcanzaba mi vista.

Manos; que ya dije eran dos, actuaban con precisión en el empeño de ir dando molde a mi cuerpo, pero no en el sentido de amasar, sino en el de ir encuadrando unas piezas junto a las otras. Lo hacían sin prisa pero con total certeza, como por un hábito mecánico. Colocaban cada segmento el uno por sobre el otro; el uno al lado del otro. En esa fase mi cuerpo, aún incompleto, parecía mayor, parecía ocupar un espacio en este tiempo superior al que suelen poseer los bebés al nacer. Hoy supongo que debido a la alteración de los sentidos ante la brevedad de la imagen y la cercanía del objetivo. Como cuando pones tu cara a pocos centímetros de la pantalla del televisor. Mi cuerpo así, crecía; iba componiéndose de un material reciclable, de una especie de materia prima, conformado por estructuras de variados tamaños y diverso grosor (ninguna de ellas demasiado grande); todas de fierro, metal oxidado, acero, latón y materiales de similar naturaleza. La empresa recordaba a la de armar un rompecabezas del que ya has visto la silueta; del que conoces de antemano el resultado final. Por eso no había premura en la faena.

Willy Villanueva ,Tributos de hierro


Una mano trabajaba más que la otra. Creo que antes no lo dije. En realidad no es que trabajara más sino que era la cualificada para ajustar cada trozo en su lugar de destino, cosa que hacía con un movimiento musical; mientras la otra, con menos presión (por la aparente menor complejidad de su función), escogía la siguiente pieza a ubicar (la estrechez del punto de mira tampoco dejaba saber de qué lugar eran sacadas las piezas).


En lo que por momentos pareció una alucinación, dada la energía que acontecía en ese espacio vital, comencé a ver cómo de a poco, cada pieza, adaptándose a su nueva funcionabilidad, a su novedoso lugar como integrante de lo que ya iba siendo mi naturaleza celular, comenzaba a mostrar sus primeros rasgos de elasticidad, a ejercer sus primeras e instintivas flexiones musculares. En ese instante del comienzo, mientras advertía la sensación del movimiento primitivo, experimenté una contracción brusca; que anuló y restituyó al máximo las reacciones de mi cuerpo en tiempo récord: el contacto de algo que jalaba de mi hombro, junto al sonido de una voz:


–hija, el café se enfría.

Dos poemas de Gioconda Belli

de su poemario ESCÁNDALO DE MIEL

PERMANENCIA

Duro decir:
Te amo,
mira cuánto tiempo, distancia y pretensión
he puesto ante el horror de esa palabra,
esa palabra como serpiente
que viene sin hacer ruido, ronda
y se niega una, dos, tres, cuatro, muchas veces,
ahuyentándola como un mal pensamiento,
una debilidad,
un desliz,
algo que no podemos permitirnos
—ese temblor primario
que nos acerca al principio del mundo,
al lenguaje elemental del roce o el contacto,
la oscuridad de la caverna,
el hombre y la mujer
lamiéndose el espanto del estruendo—
Reconocer,
ante el espejo,
la huella,
la ausencia de cuerpos entrelazados hablándose.
Sentir que hay
un amor feroz
enjaulado a punta de razones,
condenado a morir de inanición,
sin darse a nadie más
obseso de un rostro inevitable.
Pasar por días de levantar la mano,
ensayar el gesto del reencuentro y
arrepentirse.
No poder con el miedo,
la cobardía,
el temor al sonido de la voz.
Huir como ciervo asustado del propio corazón,
vociferando un nombre en el silencio
y hacer ruido,
llenarse de otras voces,
sólo para seguirnos desgarrando
y aumentar el espanto
de haber perdido el cielo para siempre.

SIN PALABRAS

Yo inventé un árbol grande,
más grande que un hombre,
más grande que una casa,
más grande que una última esperanza.
Me quedé con él años y años
bajo su sombra
esperando que me hablara.
Le cantaba canciones,
lo abrazaba,
le rascaba su rugosa corteza
entretejida de helechos,
mi risa reventaba flores en sus ramas,
y a cada gesto mío le crecían hojas,
le brotaban frutas…
Era mío como nunca nada ha sido mío,
pero no me hablaba.
Yo vivía pendiente de sus ruidos,
oyendo su suave aleteo de mariposa,
su crujido de animal de la selva
y soñaba su voz como un hermoso canto,
pero no me hablaba.
Noches enteras lloré a sus pies,
apretujada entre sus raíces,
sintiendo sus brazos sobre mí,
viéndolo erguido sobre mí,
sabiendo que me estaba pensando,
pero no me hablaba…
Aprendí a cantar como pájaro,
a encenderme como luciérnaga,
a relinchar como caballo.
A veces me enfurecía y hacía que se le cayeran todas las hojas,
lo dejaba desnudo y avergonzado
ante los guanacastes,
esperando que —tal vez— entendería por mal,
como algunos hombres,
pero nada.
Aprendí tantas cosas para poder hablarle,
me desnudé de tantas otras necesidades
que olvidé hasta cómo me llamaba,
olvidé de dónde venía,
olvidé a qué especie de animal pertenecía
y quedé muda y siempreverde
—esperanzada—
entre sus ramas.

No olvido nuestra calma
de la loma a la quebrada, y clima de mar.
Su bullicio sano en la parte baja, acompañados, 
el silencio cómplice que aullábamos
en lo alto, allá, tan solos:
la sombra en el rellano, el golpe
de sol en las vidrieras del ventanal en la cumbre, 
la mata de la tortuga, el cardumen de abejas, 
y la hojas secas;
los gritos de las vecinas en uno y otro lado, 
y lo que me ilumina aun hoy 
el destello de luz, de esos ojos,
que a gatas nos velaban 

leyendo el poema XCIX de Las flores del mal.

Algoritmo (para cosecha)

Algoritmo

para cosecharlo
bostezo
duermo
      lo apreso

en la queja del sueño
o en la velada
en que no duermo
lo estrecho en pecho
lo aplasto
      bajo mi pecho

me revuelco
giro
conmigo se revuelca
hiede
arquea mi nariz
      suspiro

atiende
lo caliento
respiramos
      ya me duermo

ya casi
ya germina
ya casi
      contaminamos

en duermevela despierto
bebo
escucha el agua
baja recta hasta mi ombligo
      todo es silencio

algo ha parido
todo es noluz*
cigarras grillan
rompe silencio
rompe hoja
      rasca
rompe piel

he cosechado ajos
      ha parido a un muerto 

*oscuridad en nuevalengua, “1984” de Orwell.

tu...
cura de mar
revolución negra
corcel y escudera

hombro de plata
pasto de henar
rincón de zarpar

amor índigo
monte de ciudad
ilusión verdad

vida
fruto castigo
árbol postigo

melaza morena
alma alma
delirio en calma

dorada pista
húmeda arena
azúcar marina

brazo
espalda
red de abrazos
razia
arañazo

soy

arañazo
razia
red de abrazos
espalda
brazo

espalda



2018

Egon Schiele. “The lovers”

Ayiti o tierra donde las mujeres no enamoran

Desde el imaginario de las sociedades occidentales ¿cuántas mujeres no hemos ensayado caminar o hasta danzar portando libros, macetas y otros objetos sobre nuestras cabezas -como queriendo imitar el compás de las Miss Universo y actrices de Hollywood? Hasta incluso tropezar en el intento!

De Ayiti, tierra donde está mal visto que una mujer enamore a un hombre, pero que en creole significa tierra alta o altiplano, guardo con candor la imagen de mujeres portando enormísimas cestas de frutos, ropas y todo tipo de mercancías sobre sus cabezas. De todas las edades, decenas, cientos de mujeres negras indiferentes a su carga (sus cargas), posturas rectas, erguidas transeúntes de las calles, desafiantes de la gravedad…

septiembre, 2018 (de Port-au-Prince à la Grand-Anse)

Resonancia de estos tiempos. La posibilidad del salto

“Empolvada en gris
parece que marchito,
pero ya tendré
sobre quién llover,
ya vendrá mi diluvio.”

Nadie decía ni pío. Antes de la Internet nadie parecía hacerlo. En Cuba antes de los buscadores y las redes sociales no se decía ni pío. ¿Antes, qué teníamos? Talleres y peñas, el dominó o el ajedrez en las aceras, las reuniones en espacios reducidos. Las bibliotecas, cuyo sistema de búsqueda inspiró la lógica de la Internet. La habilidad de pasarse la información de boca en boca «le bouche en oreille». Todo, a escala.


En Cuba aún habitan silencios. Aún persisten costumbres añosas como la que vi hace unos días a unas cuadras de mi casa, cuando una vecina preguntó a otra desde la acera de enfrente si habían abierto por fin los aeropuertos, y aquella, con innegable fe, respondió que no –¡Que no lo ha dicho la Televisión! Pues es que aún para geografías como la nuestra, lo que se dice en la Televisión es lo que es, lo oficial, la única verdad imaginada en la que se cree. Hará las veces de Gaceta, de oración de la misa del día, como lo será para otros –en la propia isla– la radio; como lo será para la población indígena de la Amazonía el tono en el cantar de las aves, la posición del follaje, el color del celaje…


Con independencia del ritmo al que lleguemos a ese compás común, a esa posibilidad de recibir y actuar sobre la información, la cosa es que a la mayoría parece tocarnos ese sentimiento de bruma, como de estar en el canal del fin, ante el enigma, el descalabro. El qué está pasando? El hacia dónde vamos. Pero la respuesta, igual de brumosa, no se está. Es asperjada, jaloneada por unos y por unas. Confunde. Se nos resbala de las sienes. Se perjudica con la sucesión apocalíptica de la cotidianidad. Como nos hemos extraviado con la racha covid. Digo, al menos yo, los dos primeros meses los viví apretando los dientes y aireando las pestañas para evitar llorar cada mañana frente al parte que daban en La Televisión… luego me perdí hasta el quinto mes cuando, sobrecogida, escuché los gritos y sollozos de mi vecina del fondo, llorando a su madre, muerta en los Estados Unidos después de 21 días de zozobra. Y hoy, a casi 8 meses, me toca con mi hermana covidiana, también en la distancia que supone el norte para esta isla. Y he pasado –yo– del pavor inicial, al extrañamiento inerte. A una anemia que se exhibe más peligrosa que el propio virus; que el propio virus metido en mi familia.


“Será que andamos mustios,
mujercitas y hombrecitos
de alma gris.
Pero inundaremos,
ya que vendrá
el diluvio nuestro.”

Cavando la maldición colectiva –otra verdad creada– que le hemos achacado al 2020 y sus evoluciones, supuestamente funestas, han de ser unos cuantos quienes se encuentran en el conteo regresivo de los casi 40 días que le restan al año. Probablemente como nunca antes una multitud ansía pisar el limen de un nuevo año. Cerrar este ciclo malo. Esta suerte oprobiosa. También por la extendida creencia de que nuevas y buenas cosas trae un año que comienza. Pero bien puede ser que también hoy, como nunca, esas multitudes tengan la posibilidad de asirse a órdenes imaginados o inventados, eficaces, y hacerlos universales.


Si lo que nos distingue dentro del mundo animal es el ser capaces de cooperar de manera flexible con un sinnúmero de extraños a la vez**, es decir, multitudinariamente –cada vez más a Internet gracias–, ¿podríamos estar en un momento cumbre?, ¿en el momento para un gran salto? La Internet se vuelve el reducto para esa quimera de cooperación universal? ¿bastaría con ella? Es claro que no, entonces ¿qué más hace falta?

Saltar a la ciudad (ebay.com)


Estaremos, seremos la antesala de ese gran proyecto, por consumar? Piezas del puzle que, analizadas individualmente, parecen conducirnos al caos, a muchos caminos y a ninguno; parecen no conducirnos. Piezas del puzle cuyo valor individual se comprueba solo en su interacción con las otras, y en cuya ligazón se van esbozando los contornos del paisaje. De un paisaje por adivinar, por errar, por trastocar, por reacomodar, por despejar… hasta eclipsar nuestros contornos individuales… esos que, en cuanto ocupan su lugar ya no podemos desmembrar; indivisos, ya partes del todo. Un todo isla. Un mundo isla, enfrentándose, quién sabe si no, al entresijo de que “Quien gobierne al mundo-isla dominará el mundo”, planteado por el geógrafo Halford Mackinder. Un mundo isla ganado, a saber, por la conquista de la Internet… Capaz de aislarlo, compactarlo, conectarlo… hacer que coopere, según normas o creencias más o menos flexibles.


Ya sabemos –la mayoría– que, como piezas distantes, individuales, no cambiaremos el mundo. Ahora, de cuántos de nosotros dependerá la anunciación para ese gran salto. No saberlo tampoco es importante. De Vicent Van Gogh se ocuparon pocos (muy) en vida. Anoche escuché en “Gotas del saber” (programa de la emisora nacional Radio Enciclopedia), que neurólogos y científicos habían apuntado que la bebida y la malnutrición acentuaron los conflictos mentales de Van Gogh. En ninguno de los órdenes (objetivo, subjetivo o imaginado) Vincent iba a creerse que algún día iba a tener a tanta gente ocupada en él. Otra cosa es: bien que nos pueda parecer o no una ocupación sobrepasada, admitir que ese hombre pieza ha ocupado un espacio, eficaz, al menos para el arte, en ese inmenso puzle.


Casi toda vida es anónima. Cuántos nos hemos ocupado de nuestros cercanos durante estos últimos meses. En mi caso, las cifras desalientan, pero, ahí vimos a Vincent… Y en ese camino de darnos a pasiones –qué importa si se trata de órdenes imaginados, constructos sociales, verdades creadas, o como sean llamadas– será que hallemos el impulso para el brinco. Un camino atravesado por pasiones individuales y otras no tanto, por la Internet y su sucedáneo, por comuniones y abandonos, por perezas y virus… Por toda la energía y las fuerzas físicas que se necesitan para tensar la liga antes de hacer lanzar el tirapiedras, como tensa el músculo del corredor antes del disparo…


Queda apropiarse de la idea de que la magia no está en el ser humanos, ni en ser seres sociales, sino en darnos a esos órdenes imaginados, apasionadamente, y darnos cita multitudinariamente para avanzar. Quiero aferrarme a la imagen de que solo quienes lo han logrado –incluso inconscientemente– han perdurado. Broselianda***, increíble actriz cubana murió hace dos tardes. Se hizo morir. Apareció en el agua de una playa miamense su cuerpo marino. Acabó. La lloramos. Acabó y la seguimos admirando. No sabemos cuántos allegados se ocuparon de ella durante este tiempo. Por estos días y durante unos cuantos más algunos extraños lo intentaremos, recordándole. Una sentencia dio fin a mi matrimonio, y sigo amando. Casi que concluye el año, y el virus y algo más, seguirá llevándose vidas. Otros estaremos/estarán aquí, mutando síntomas con él: morados, débiles, con hambre física… desapasionándonos, pero también aguzando músculos. Queriendo.


Como quiero –tan sólo– que mi hija crezca sana. Incluso si fuera este prurito de sanidad y bienestar también un orden imaginado. No hay que ver el mal en ello.


Puede que estemos a un paso del gran salto (parezco cristiana),

y sonrío –por la posibilidad del salto.

Y qué puedo ofrecer:

los Ánimos de quien está a la vera, ya que comienza a divisar la meta,

mi Esperanza (dijo alguien sabio que eran los sueños de la gente despierta),

y mi Tristeza (nada finita).

*imagen de portada: “Buceador en un poste” Sarah Morrissette. Impresión de aluminio.

**En “Homo Deus”. Yuval Noah Harari.

***Broselianda Hernández: (https://elpais.com/cultura/2020-11-19/la-actriz-cubana-broselianda-hernandez-muere-ahogada-en-una-playa-de-miami.html?outputType=amp)